La renuncia de Narro

Por: Ángel Castillo Torres

El proceso de elección de dirigentes nacionales en el PRI se ha complicado. El barco tricolor se tambalea en medio de una tempestad provocada por conspiraciones, deserciones y deslealtades encabezadas por distinguidos miembros de su élite.

Para sus adversarios este conflicto representa el último clavo que remachará su ataúd. Así lo pregonan extasiados y con los ojos al revés los que ahora cantan un réquiem por el eterno descanso de su alma.

Pero hay demasiado dramatismo y mala fe en esta interpretación. Ya en otras ocasiones los enemigos del PRI han vaticinado su muerte, profecía que nunca se han cumplido.

Es cierto que la renuncia del doctor José Narro Robles como militante y aspirante a la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional ha provocado estragos en la credibilidad de un proceso que apenas comienza.

La deserción del ex rector de la UNAM es un fenómeno que revela los profundos  desacuerdos que existen en la élite priista. Veamos.

El doctor Narro formó parte del gabinete de Peña Nieto y a finales de ese gobierno Emilio Gamboa, Manlio Fabio Beltrones y otros miembros de la clase política priista le hicieron creer que podía ser el candidato a la presidencia de la república. La promesa no se cumplió y el doctor no se sintió entonces agraviado ni tampoco se sublevó. Mantuvo lealtad y disciplina con su jefe político y con el PRI, incluso respaldó la decisión de postular a José Antonio Meade, un funcionario que ni priista era.

Expulsados del poder presidencial por Morena una parte de la llamada Nomeklatura priista decidió ante la cercanía del relevo de dirigentes nacionales cooptar a Narro para utilizarlo como moneda de cambio. Los más zorros, Beltrones y Gamboa, sedujeron al galeno y lo convencieron de jugar en el proceso interno. Estos siniestros personajes querían a través de Narro quedarse con lo que quedaba del PRI para explotar la marca y sus 9 millones de votos. Tal y como lo hicieron con Fox y Calderón durante “La docena Trágica” (2000- 2012). En ese entonces a estos maquiavélicos personajes no les pareció indigno negociar con el titular del Poder Ejecutivo.

Sucedió entonces que con la asesoría de estos dos viejos lobos de mar, Narro hizo una precampaña por todo el país para ganar adeptos, pero su acercamiento con las bases priistas tuvo una pobre recepción. De nada le sirvieron sus 46 años de militancia, al final nunca pudo entender la naturaleza profunda de la cultura política priista. Fue engañado y manipulado por la perversidad de Beltrones y Gamboa que ya se relamían los bigotes pensando que seguirían deleitándose con las mieles que escurren del poder.

El diablo metió la cola en esta conspiración y los sueños de seguir exprimiendo al PRI  se fueron al caño. Surgieron otros proyectos alternativos, uno encabezado por Alejandro Moreno, “Alito”, y otro comandado por Ivonne Ortega.

Despechados, Manlio y Gamboa decidieron emprender un lance temerario cuyo propósito era desprestigiar y descarrilar el proceso electivo de dirigentes. Nuevamente usaron a Narro para sus siniestros planes.

Esto explica por qué cuando se publicó la Convocatoria y vislumbrando que sus posibilidades de triunfo eran pocas, Narro decidió patear el tablero de juego e inventar una teoría de la conspiración para justificar su renuncia al PRI.

Estos motivos que Narro no admitiría en público despiertan suspicacias. Asombran sobre todo las acusaciones que lanza contra su antiguo jefe Enrique Peña Nieto. La narrativa con la que justifica su pretendida congruencia al renunciar despide un fuerte olor a resentimiento. Como todo buen académico que se ha leído la teoría de la propaganda al despedirse puso en marcha uno de los principios más corrosivos: “Calumnia que algo queda”.

 Hay que destacar que a pesar de la rudeza con que Narro se fue del PRI, sólo ha recibido como respuesta muestras de cortesía y reconocimiento a su trayectoria. Se ha respetado su derecho a disentir y a ejercer la crítica. Pudo haberse quedado en lo que fue su partido durante 46 años, competir y denunciar durante los 40 días de proselitismo y durante los dos debates programados (17 de julio y 7 de agosto) todo aquello que según él está mal. No quiso hacerlo.

Ahora tal vez está por ocurrirle al muy  dramático, en los próximos días se va a enterar que Gamboa y Beltrones acabaron negociando con los ganadores de la contienda del próximo 11 de agosto.