Un demonio disfrazado de enfermedad

Ángel Castillo Torres.

La posibilidad de que el coronavirus nos infecte es una realidad. Hemos entrando a la fase dos de la pandemia en la que la trasmisión comunitaria comenzará a sentirse.

Hoy en día no se habla de otra cosa. Se ha convertido en una obsesión.

Vivimos con miedo. Y esta reacción es normal. Así funciona nuestra mente ante el peligro. El miedo es un instinto básico que nos ayuda a reaccionar para sobrevivir. El problema comienza cuando nuestra angustia se convierte en pánico por la desinformación y falsas noticias. Lamentablemente de manera imprudente algunas personas en redes sociales están opinando sin ser expertos y difundiendo rumores que no tienen sustento. También algunos medios de comunicación y comentaristas han contribuido a crear un clima de ansiedad.

Diariamente estamos siendo bombardeados con noticias que dan cuenta del rastro de muerte que va dejado a su paso el Covid-19; la peste se ha convertido en una especie de mensajero que anuncia el apocalipsis.

La enfermedad está desquiciado a los gobiernos y a sus sistemas de salud. En Europa se ha decretado el estado de sitio en varios países. En Francia, Emmanuel Macron, presidente de la república ha dicho: “estamos en guerra. En una guerra sanitaria. No luchamos contra otro ejército ni contra otra nación pero el enemigo está allí y avanza”. En Estados Unidos se han tomado medidas radicales para combatir el avance del virus. Donald Trump ya anunció además el estrangulamiento parcial y selectivo de la frontera con México.

En nuestro país el gobierno de López Obrador está siendo muy criticado por quienes piensan que el problema los ha rebasado. El presidente ha perdido liderazgo. Cuando la emergencia sanitaria exigía adoptar medidas responsables e inmediatas hubo un marcado retraso en la instalación del Consejo de Salubridad General.  Para muchos el primer mandatario se ha dedicado a menospreciar el peligro. Por ejemplo, en una conferencia “mañanera” utilizó políticamente símbolos religiosos para salir de acorralamiento en que lo han colocado sus críticos. Dijo que una estampita del Sagrado Corazón de Jesús era su escudo protector, su “Detente”, con él  iba a frenar el coronavirus (¡“Detente! enemigo, que el Sagrado Corazón de Jesús está conmigo”).

López Obrador conoce muy bien la cultura popular y la enorme fe del pueblo mexicano. Los largos años que anduvo haciendo campaña de proselitismo en todas las regiones del país (más de 20) le permitieron conocer los sentimientos que habitan en el “México Profundo”. Sabe que la superstición está fuertemente arraigada en los pueblos, barrios, comunidades y rancherías. El presidente conoce de buena fuente que el “pueblo bueno” cree en los milagros y practica el pensamiento mágico. Ese que atribuye a fuerzas sobrenaturales (dioses y demonios) la aparición de todo tipo de calamidades.

Pero un jefe de un Estado laico como el mexicano no debería manipular de ese modo los sentimientos religiosos.

En cuanto a lo que ocurre en nuestro estado sabemos que el virus ya está entre nosotros y empieza a causar estragos. Somos testigos de cómo lenta y silenciosamente el coronavirus penetra en nuestra vida comunitaria. Por ello la incertidumbre gana terreno. No sabemos de qué magnitud será el daño que cauce este demonio disfrazado de enfermedad. Afortunadamente el gobierno del estado y las autoridades sanitarias han actuado con responsabilidad y a tiempo para proteger a la población.

Se han prohibido los espectáculos masivos. Por un mes no habrá futbol en el estadio Alfonso Lastras; la afamada Procesión del Silencio se ha suspendido. Las clases en todas las escuelas se han interrumpido. El Poder Judicial, el Congreso local y el gobierno del estado han decidido cerrar sus puertas como medida preventiva. El prestigioso torneo internacional de tenis San Luis Open Challenger Tour no se realizará. El flujo de turista que en semana santa pensaban visitar la huasteca potosina se esfumará ya que sus bellos parajes estarán cerrados por órdenes del gobierno. Además, se ha puesto en marcha una efectiva estrategia de comunicación social para mantener informada a la población y combatir los rumores y las noticia falsas.

Aun y con todo esto, como ciudadanos hay que actuar con responsabilidad y seguir todas las indicaciones que hagan las autoridades de salud. En ello nos va la vida. No desafiemos a la muerte.