Por Fernanda Padilla y Elioht Hernández
En el corazón de San Luis Potosí, donde las calles rezuman historia y la fe aún se respira en cada esquina, hay un hombre que se adentra donde pocos se atreven: el Padre Fernando Ovalle González. No usa armas, pero libra batallas. No grita, pero enfrenta rugidos que no vienen de este mundo. Es uno de los tres exorcistas oficialmente designados por la Arquidiócesis de San Luis Potosí, y su misión no es otra que combatir al mal en su forma más pura y violenta: la posesión demoníaca.
«El diablo puede atacar de distintas maneras. Quizás la más fuerte sería cuando se pudiera hablar de posesión diabólica. Cuando el diablo entra en la persona y hay ciertas acciones que la persona de manera consciente no hubiera realizado. (…) Gritos, entra en shock de personalidad. Eso es, digamos, cuando el diablo está dentro de la persona. ¿Qué es propiamente el exorcismo? La oración para liberar; eso quiere decir exorcismo, expulsar el ente diabólico que está en la persona».
A través de oraciones, rituales y una profunda entrega espiritual, el Padre Ovalle González ha sido testigo de historias que desafían la lógica y el entendimiento humano.
«Primero, el ministerio de exorcismo nadie lo busca. Haz de cuenta que yo no dije: ‘Ah, pues me gustaría echarle broncas al diablo’. No. Es el Obispo quien va viendo cualidades para este tipo de servicio. O sea, no es un gusto, sino un servicio que nos pide nuestro Obispo. Que sí, el Derecho Canónico sí habla de que sea gente que tenga cierta madurez, cierta preparación doctrinal para ejercer este ministerio».
«Hubo un tiempo que ciertos grupos religiosos, la línea de la Renovación Carismática, les dio por andar liberando. Bueno, mejor el diablo medio se hacía tonto y a lo mejor se salía, quizá un poco por ser espiritual, pero no se va. Y de alguna manera el diablo va a buscar la manera de desquitarse (…) pues con la persona o con su gente allegada. ‘Oye, pues ¿cómo te enfrentas a mí? Pues ahora para que se te quite’. Puede darle lata a algún familiar cercano tuyo».
En México se cuenta con una red de exorcistas con alta experiencia que ha ido a Roma a prepararse para enfrentar este tipo de manifestación infernal.
«Tienes primero que llevar ese curso de iniciación que llevan los exorcistas con una asociación de liturgistas de México que cada año abren un curso de iniciación para los que van iniciando este camino. (…) Ya después, sobre la marcha, vamos teniendo una vez al año, una semana de actualización».
¿Es como en la ciencia ficción?
«Quizás la película que un poco he sentido más realista fue la de El Exorcista. Quizás el único inconveniente es que en un solo caso de esta muchachita poseída, como que metieron todas las manifestaciones habidas y por haber: que devuelve, que se mueve, que levita, que habla en lenguas extrañas. Generalmente, pues no hay tantas manifestaciones».
¿Qué hace un exorcista?
«El diablo tiene, podríamos decir, dos maneras de actuar. Una es la manera ordinaria, que todos de alguna manera estamos afectados: las tentaciones, los malos pensamientos, es donde el diablo, o de una manera muy sutil, nos hace caer en el pecado. Hay un sacramento que se llama reconciliación: te confiesas y ya, pues el poder del diablo queda atacado cuando uno sale de la realidad del pecado y se pone en las manos de Dios a través del sacramento de la reconciliación. (…) Y ya propiamente el trabajo del exorcista es cuando se nota un trabajo extraordinario por parte del diablo, cuando ya no es la manera normal, sino que hay ciertas realidades donde el diablo ataca o lastima a las personas».
Sin embargo, los demonios utilizan otras artimañas para seguir maltratando a la humanidad, como la vejación.
«Hay gente que dice: ‘Pues es que tuve un mal sueño, una pesadilla, y luego amanecí con moretones’. O sea, que humanamente no nos podemos explicar. O sea, ¿cómo te rasguñaste la espalda si no te alcanzas? Entonces, es otra manera que sospechamos: ‘Ah, caray, esa persona a lo mejor está siendo vejada’, oprimida por las cuestiones diabólicas».
Las personas no son las únicas en ser afectadas por estos entes demoníacos.
«Es raro, pero también cuentan que en un animal podría meterse el diablo, no sé, un perro, un gato. Es raro, pero sí pudiera darse el caso».
«Otra cuestión es la infestación, cuando en un lugar se percibe cierta presencia maligna. Que de repente es muy común en las familias: ‘Es que en tal cuarto hay mucho frío’, y la casa está normal, el clima. O sea, no nos podemos explicar. Los bebés no quieren entrar a ese cuarto porque hay muchos ruidos y los incomoda. Entonces, cuando es en un lugar, se percibe cierta influencia demoníaca».
Malos olores, insectos rastreros, ruidos inexplicables, cosas extrañas, pueden ser indicativo de una presencia oscura.
«Ahorita es muy común que grupos delincuenciales, para protegerse de que la policía no los agarre, pues de repente podrían hacer ciertos ritos satánicos pidiendo protección al diablo. Entonces, lógicamente, si después se van, pues dejan esa presencia diabólica en la casa. (…) Claro, pero siempre hay que ir descartando que no es una cuestión natural».
En el contexto del rito del exorcismo se consideran tres signos que pueden indicar la presencia de la posesión demoníaca, mismos que deben ser analizados con prudencia, discernimiento y acompañamiento espiritual.
«Por ejemplo, que de repente a la persona le dio por hablar en un lenguaje del que él nunca tomó clases, nunca estuvo en contacto (…) puede ser un signo de algo diabólico. (…) Otro signo pudiera ser el saber cosas ocultas, secretas, que de buenas a primeras alguien te lo reveló. (…) Tercero, por ejemplo, que el contacto con lo sagrado te cause cierto malestar. No puedes rezar porque te empiezan muchos pensamientos. Vas a misa, te sientes incómodo y mejor te sales. Entonces, ya con ese tipo de cosas de aberración a lo sagrado, se pudiera sospechar que algo anda mal de parte de una influencia demoníaca».
No todos los casos ameritan exorcismos
«Lleva un proceso de discernimiento. (…) ‘-Padre, es que me mareo mucho, a lo mejor el diablo. –No, mira, pues a lo mejor traes la presión alta’. Luego, que pasa en su desesperación, pues vamos con un brujo y te lavan el coco, te hundes más, y eso hace que ese tipo de cosas se compliquen más. (…) A veces puede haber que ese tipo de lugares te ponen en contacto con el diablo. Entonces, pudiera ser que el diablo aproveche tu debilidad mental y pueda empezar a manifestarse o atacarte. Por eso sí, ciertamente, esta tarea no es solamente de una persona, tiene que haber un equipo de apoyo, donde vayamos descartando que no es una cuestión médica, una cuestión psicológica, o quizás hasta psiquiátrica, para que realmente sea un apoyo eficaz para la persona que está sufriendo ese ataque del maligno».
El Proceso
Un exorcismo lleva tiempo. Una vez que se determina la presencia del maligno, se requieren sesiones semanales durante periodos que van desde los tres meses hasta un año, dependiendo de la complejidad del caso.
«Ahorita tengo, no sé, diez casos por semana. Es mucho, es muy desgastante a nivel humano. A lo mejor al principio dices, bueno, me aviento otro, pero no, es una lucha, primero porque generalmente el diablo no se manifiesta a la primera. Entonces ya como hasta la tercera empieza a manifestarse. A veces la persona le da por devolver, cuando al principio se ve tranquila y no sentía nada; a veces son pequeños dolores físicos. Entonces, digamos, cada experiencia es muy distinta».
¿Ha tenido miedo?
«Tienes que estar bien convencido de que Dios está contigo para no creer la trampa del miedo. Porque el diablo sí es muy listo para detectar miedos. Entonces la misma persona afectada por el diablo, el diablo le da miedo. (…) Entonces, yo pienso que uno tiene que tener esa convicción de a quién estamos representando, para podernos enfrentar con seguridad en el nombre de Dios».
«Ciertamente hay muchas manifestaciones a veces violentas, la misma mirada de odio, también que lo diga así: ‘Oye, te odio, tú quién eres’. Porque ciertamente el diablo, al fin de cuentas, es un ser espiritual, está encima de nosotros, y para él pues somos como gusanos. Y cómo alguien se le pone al brinco. (…) La Iglesia te confía ese ministerio, eso de alguna manera te crea una protección espiritual. Entonces, por eso de alguna manera tú dices, ‘Bueno, sí me le enfrento’, porque sabes que de alguna manera Dios no te va a dejar de su mano».
Nunca hablar con el diablo
«Por eso una primera regla es nunca dialogar con el diablo. (…) Porque te envuelve. Es que el diablo es un ser inteligente: te dice lo que te gusta, (…) o tus miedos o tus ambiciones. También puede aprovecharse de ahí. Pues más bien uno tiene que tener conciencia de que tenemos la autoridad, no por uno, sino por la Iglesia, de enfrentarnos».
“Hace poco hubo una persona que hablaba un lenguaje; lo quisimos investigar, que pues las mismas inteligencias artificiales no nos pudieron describir. Uno decía: ‘No, pues a lo mejor es un dialecto hawaiano, a lo mejor es zapoteco’. Porque luego, como tiene mucha inteligencia y es un ser que estaba antes del hombre, pues conoce todas nuestras maneras de comunicarnos. Pues te puede hablar en cualquier idioma».
Le puede pegar a cualquiera
«Tú dirás, bueno, pues es narco (…) pero no, a veces es gente buena, gente de misa. Que ¿por qué Dios lo permite? Pues ese es un misterio. (…) Por ejemplo, les pegó a dos muchachos. Les dije: ‘Chavos, me van a ayudar más si se casan. Platiquen y, si se animan, pues cásense’. Bueno, pues se casaron y tal vez esa semana les pegó duro. Todavía en misa estaba dándole lata a la esposa, que era la que estaba afectada. Y no, se casan, lógicamente ya pueden confesarse, pueden comulgar, y eso le quita toda la fuerza al diablo. (…) Ahora también, no solamente va a depender de la autoridad de la Iglesia, también va a depender mucho de la persona. Porque si la persona, por ejemplo, supongamos, es drogadicta, anda en malos pasos, pues va a ser más difícil la liberación, porque estás en el medio del diablo, donde él es amo y señor. Entonces, sí se necesita que también la persona coopere: su vida de gracia, sus sacramentos, su vida espiritual, por ejemplo, con el rosario. Entonces todos esos elementos de espiritualidad le van cerrando fuerza al diablo».
¿A los niños también?
«Nos dicen muchos exorcistas que hasta bebés. Entonces está más difícil detectar: ‘Ah, caray, aquí el diablo cómo se está manifestando’. (…) La misma reacción del niño nos va diciendo si hay un ente maligno ahí. Ahora, que ¿por qué? Pues son esos misterios de la vida que no sabemos (…) porque el diablo de repente puede agarrar esa fuerza».
La preparación
La preparación requiere, además de fuerza espiritual y emocional, de una serie de elementos para combatir el mal.
«Nuestras vestiduras (…) la liturgia, tu alba blanca y tu estola. Ese, digamos, es tu vestido litúrgico para este rito. Segundo elemento es el ritual. El ritual de exorcismos que tendrá una vigencia, no sé, unos veinte años, que el Papa Juan Pablo II lo actualizó, porque anteriormente el ritual era de allá por los años 1600. Era en latín. Había, no sé, por ejemplo, el aceite; ahorita ya no se utiliza el aceite (…) dentro de los signos, pues generalmente es el agua bendita y el uso de la sal. (…) También se enriqueció con algunos rezos devocionales, rezos a la Virgen, porque ciertamente el diablo le tiene mucho temor al nombre de la Virgen. Está también pedir la protección del Arcángel San Miguel».
El Padre Ovalle detalló que cuando él o los entes van de salida, la oración ya no le crea malestar, por lo que, cuando consideran que la persona está liberada, realizan un nuevo rito para verificar que ya no haya manifestaciones.
«Cuando el diablo sale de una persona, pues anda buscando, no sé, como que dice: ‘Voy a regresar, está barrida mi casa’. Y no solamente regresa, sino que trae a otros más. Entonces, la persona no tomó en serio su proceso de conversión. (…) Por ejemplo: ‘No, pues yo soy muy adorador de la Santa Muerte. Ya rezaron, ya la mandé a volar, pero otra vez le gana la espinita: «No, pues que la Santa Muerte sí es poderosa, y me da poder»‘. Vuelve otra vez a ser seducido por el diablo. Y lo peligroso es que sea una situación peor».
Los exorcismos suelen realizarse en los mismos templos, con el objetivo de tener mayor ventaja ante el mal. Sin embargo, en casos especiales, el rito se lleva a cabo en otros lugares. Además, está prohibido por la misma Iglesia cobrar por este servicio.
Deben ser identificados
«Hablar del diablo no es hablar nada más de un ser. No. El diablo pues son millones de ángeles que un día se le rebelaron a Dios. Y lógicamente que el diablo busca frustrar el proyecto de Dios, atacando al hombre. Entonces, cada diablo también tiene su propia personalidad, su propia riqueza para manifestarse».
«Quizás al principio no, porque está muy enconchado el diablo en la persona y te ignora (…) o te dice: ‘No, no te voy a decir’. Entonces llega un momento en que empiezan a revelar su nombre. ‘No, pues que soy Luzbel, que soy Asmodeo, que soy Lilith’. Entonces, para ellos es bien importante negarse, porque el hecho de saber su nombre ya va directo sobre el diablo. Y se nota: pronuncias su nombre y la oración le crea más malestar, más violencia. Pero sí es un trabajo de irlo desarmando poco a poco».
El Padre Ovalle no solo ha sido testigo del mal; lo ha enfrentado cara a cara, en habitaciones donde el silencio se quiebra con gritos inhumanos, donde la fe se convierte en escudo y la oración en espada. Su voz, firme pero marcada por la experiencia, relata encuentros con entidades que se burlan, desafían y suplican, pero que al final deben someterse al poder que no proviene de él, sino de lo alto.
«Pues el que más se me ha enfrentado es un tal Asmodeo (…) creo que es el diablo de la lujuria, del placer (…) me salió también acá Lilith y ese como que parece que es una diabla, porque reacciona de manera femenina. (…) El diablo no anda solo. Son varios. Entonces, quizás los que llevan la batuta son los más poderosos. Por ejemplo: ‘Me enfrento a él, tú eres Asmodeo, y te conjuro en el nombre de Dios’, y se pone violento, se pone agresivo. Y bueno, ahora voy con el otro, y Lilith, no sé (…) sus reacciones ahora son de angustia, son de llorar, son de implorar que ya no le rece. Entonces, cada diablo también tiene su propia personalidad. Hay unos agresivos, hay otros que no hablan, otros que son groseros, otros son violentos. O sea, cada diablo con nosotros tiene distintas personalidades».
Mientras muchos niegan la existencia del mal, él lo combate a diario, muchas veces en soledad. Su historia no es solo la de un sacerdote, sino la de un hombre que camina en la frontera entre la luz y la oscuridad, recordándonos que lo que no vemos también puede tocarnos… y que alguien, como él, debe estar ahí para enfrentarlo.


