21 julio, 2026

Cuando la Ley dejó de proteger: Una historia más de impunidad

28 noviembre, 2025

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Años atrás mencionamos el caso del pequeño Ian, un niño que lucha por su vida en el Hospital Central, un lugar que, lejos de brindar salud, parece estar dirigido por personas que prefieren ponerse el antifaz de bandidos y corromper hasta lo más básico. Es un sistema tan degradado que hoy ha logrado imponerse a la justicia.

Los jueces federales solían darse a conocer por superar auténticas pruebas de fuego legal y competir en condiciones duras, donde solo el mejor lograba destacar. Esa era la carrera judicial. Hoy, cualquier bárbaro rústico puede llegar a ser juez, y la injusticia ha hecho gala al negarle justicia a Ian, cuando lo único que necesita es acceso a la salud: medicamentos, un respirador que funcione, terapias y vigilancia constante para evitar nuevas complicaciones.

Nada de eso debería ser difícil, ¿verdad?

Sin embargo, para el Hospital Central y sus directivos es más sencillo fabricar un cúmulo de mentiras y violar abiertamente la sentencia que protege a Ian, dejando al pequeño vulnerable a su suerte, celebrando su triunfo como si la vida del niño fuera un estorbo más que una responsabilidad.

Cuando el anterior juez Cuarto de Distrito estaba en funciones, actuaba con firmeza y obligaba a brindar atención adecuada al pequeño Ian. Desgraciadamente, la reforma judicial lo destituyó, dejando vacante un cargo fundamental. Ese error hoy le está costando la vida a Ian. De tener grandes juristas, hemos pasado a pedir onagros.

Y ahora, un “juez del bienestar”, recién asignado al Juzgado Cuarto de Distrito de San Luis Potosí, de nombre Diego Galeana Jiménez, hace gala impresionante de cómo no debe ser un juez. Es el ejemplo perfecto de lo que llaman “juez del bienestar”.

Mientras tanto, Ian se ha quedado sin medicamentos y ahora le han cambiado su respirador por uno viejo que no funciona, obligándolo a luchar por cada respiración.

Carece de insumos básicos, aunque la directiva del Hospital Central insiste en que cuenta con todo y que le brindan una atención “mejor que la de Dinamarca”. Sabemos que eso es falso: Ian no tiene una atención adecuada, y lo que sí existe es un jugoso festín de violaciones a derechos humanos, los más naturales y básicos.

Y, como era de esperarse, el juez del bienestar —comprometido con los patrones que lo colocaron— no realiza ni una sola acción para ayudar al pequeño. Sus mandatos se vuelven un chiste, y día a día se materializa la impunidad y la corrupción, que hoy han derrotado a la justicia.

La justicia ya no protege: solo sirve como un cuadro colgado en la pared, para aparentar.

Lo más doloroso es que, mientras Ian no puede defenderse, solo nos queda esperar un desenlace fatal y, después, escuchar al director del Hospital Central y al juez del bienestar decir: “hicimos lo imposible”, mientras sus rostros mostrarán lo contrario: el triunfo de la corrupción sobre la justicia.

¿Habrá alguna solución ante este hecho de impunidad?