Avenida Universidad se cerró cerca de las 15:45 horas. Los autos fueron desviados hacia Azteca Sur; algunos giraron en “U” y de ellos descendieron mujeres de todas las edades: madres que tomaban de la mano a sus hijos, jóvenes que caminaban juntas, abuelas que avanzaban despacio, pero sin detenerse, amigas que se abrazaban al encontrarse.

El ruido del tráfico se apagó poco a poco. En su lugar, la ciudad empezó a llenarse de voces. La subida del puente de Universidad marcó el primer desafío; el asfalto se elevaba y exigía más esfuerzo, pero nadie se quedaba atrás. Carriolas, bastones, carteles con nombres escritos en tinta negra, y consignas que comenzaron a resonar, transformaron la avenida en un río de fuerza y memoria.

Desde lo alto del puente, la ciudad ofrecía otra imagen: la cita era a las 16:30 horas, pero desde antes se levantaba una ola morada que se expandía sobre la avenida, presagio de la fuerza colectiva que tomó las calles en las horas siguientes. Las jacarandas de la Alameda Juan Sarabia florecen en tonos violetas que se mezclaron con pañuelos y banderas; por un instante, paisaje y protesta se perdía entre si, y desde arriba, la marcha parecía un río creciente.
Al descender del puente, muchas buscaban a su contingente entre la multitud, todas distintas, pero con propósito en común: alzar la voz por las que no pueden, las que ya no están y las que llegarán.

Entre la gente se escuchaban risas nerviosas, consignas que para algunas se ensayaban por primera vez y el golpe constante de los tambores marcando el ritmo de la tarde.
A las 16:45 la marcha inició formalmente.

Al frente marcharon quienes cargan el dolor más profundo: las familias de las víctimas. Mujeres a quienes les apagaron la voz, pero no la memoria. Madres, padres y hermanas avanzan, levantando fotografías y carteles que mantienen vivas sus historias.
Cada paso es memoria.
Cada consigna es una exigencia de justicia.
“Aquí se pueden visibilizar todos y cada uno de los casos que hay en San Luis Potosí”, dijo doña Esperanza Lucciotto, madre de Karla Pontigo, que desde el 28 de octubre de 2012 no ha dejado de levantar la voz en nombre de su hija.
A unos pasos resonó la voz de Jazmín Rodríguez, mamá de Fernanda: “¡Exijan, exijan, porque no piden favores!”. Después de dos años y ocho meses de enfrentar —como ella misma dice— un sistema penal desgastante, logró la condena de 70 años contra el feminicida de su hija.

Después aquellas que llevan el dolor pegado a la piel: las madres buscadoras, que cargan décadas de incertidumbre sobre los hombros y sostienen un dolor suspendido entre la angustia y la esperanza de volver a encontrarlos.
Detrás de las familias de las víctimas, otro contingente avanzó con firmeza, mostrando que la fuerza no conoce límites. Mujeres con discapacidad se abrían paso entre la multitud; unas en silla de ruedas, otras apoyadas en bastones o en el brazo de sus compañeras y familiares. Ninguna se quedó atrás.

La marcha también abrazó a madres con sus infancias. Carriolas que rodaban, manitas que se entrelazaban con las de sus hijas e hijos pequeños, y rostros llenos de asombro que miraban todo con ojos curiosos. Algunos repetían consignas con voces diminutas, otros alzaban carteles que eran casi de su tamaño. Entre esas sonrisas, las de mi Luna y Sol se asomaban, recordándome que son parte de los motivos por los que, desde hace tres años, camino en esta marcha. El magisterio también se hizo presente, con decenas de maestras que recordaron que al marchar también se educa.

Junto a las familias de víctimas, también marcharon defensoras de mujeres privadas de la libertad, un contingente universitario y mujeres sobre ruedas, cada una con su historia de pérdida y resistencia, unidas por la memoria, la indignación y la exigencia de justicia que recorre toda la ciudad.
El contingente avanzó casi sin contratiempos hasta antes de doblar hacia Eje Vial, donde dos hombres, desde lo alto de una azotea, comenzaron a grabar a las mujeres que realizaban pintas como forma de protesta. La acción provocó molestia entre algunas manifestantes, pero no logró detener la marcha, que siguió su curso entre consignas, tambores y carteles alzados.

17:35 y en la Fiscalía General del Estado no hubo puertas abiertas ni funcionarios que escucharan. Lo que encontraron fue un edificio blindado: cadenas, láminas de acero, accesos reforzados. Ahí, las familias de víctimas tomaron el altavoz y relataron nombres, fechas e historias interrumpidas por la violencia. Cada testimonio resonaba como un recordatorio de las deudas pendientes.

Quince minutos después y bajo un aire denso, casi de luto, la ola morada avanzó hasta Plaza de Armas y frente a los blindados edificios de los distintos órdenes de gobierno reclamó justicia. En el Congreso del Estado, tendederos colgaban nombres y señalamientos contra deudores alimenticios, acosadores y presuntos feminicidas aún libres. Cada hoja ondeando al viento era un recordatorio de que la justicia sigue siendo promesa pendiente. En contraste y frente al Memorial por las Mujeres Víctimas de Feminicidio, las manifestantes colocaron flores, carteles y veladoras para recalcar que su recuerdo sigue vivo.

Cerca de las 18:30 horas continuaron hasta Plaza de Fundadores, epicentro de la marcha. Antes de levantar las consignas, se realizó un solemne pase de lista: los nombres de quienes ya no están, de quienes siguen desaparecidas, de quienes fueron ultrajadas, golpeadas o asesinadas resonaron en la plaza como un recordatorio del dolor y la urgencia de justicia que aún pesa sobre San Luis Potosí.

Tras el silencio, la ola giró hacia el edificio central de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, manchado durante décadas por la opacidad frente al acoso y la violencia hacia mujeres de todas las edades y roles. Los carteles, llenos de nombres, denuncias y dolor, fueron arrastrados hacia las llamas que se encendían en la puerta principal: cada papel que ardía simbolizaba la unidad y la rabia de mujeres dispuestas a reclamar justicia y visibilizar lo que se quiso silenciar.

Luego, la fuerza se trasladó a un costado, a la Iglesia de la Compañía, resguardada con una pesada puerta de metal, otro símbolo de silencio ante abusos y encubrimiento. Allí, una vez más, la presencia y la indignación de las mujeres se hicieron sentir, inquebrantables y visibles.
La ola morada, ahora imparable, dejó claro que la lucha no termina con el final de la marcha ni con el humo de las llamas. Cada nombre pronunciado, cada tendedero de denuncias, cada flor y veladora frente al Memorial y cada cartel llevado al fuego fueron un recordatorio de la violencia que ha marcado la vida de tantas mujeres. Pero también reflejaron una indignación inmediata y tangible: por las puertas cerradas de los edificios, por los atrios que se derrumban bajo la protesta, por las barreras que la ciudad ha levantado para evitar escuchar lo que tanto tiempo se ha ignorado.

En redes, en comentarios, en conversaciones, muchos hablaban más de las paredes quemadas que de los abusos que esas mismas instituciones no protegen. Y quizá ahí está la tensión de esta marcha: en cómo la rabia colectiva se traduce en imágenes visibles y sonoras, mientras la memoria de las víctimas exige ser recordada y la justicia sigue pendiente. La ola morada no es solo protesta: es memoria viva, indignación que no se apaga, y una fuerza que, aunque se enfrente a muros y puertas cerradas, sigue reclamando justicia cada día.


